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sábado, 19 de julio de 2008
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El cerezo rosa
Por ERNESTO ROMEU

    La Plaza de España no está muy concurrida en estas primeras horas de la tarde a pesar de que entre espumosas y regordetas nubes blancas luce un tibio y reconfortante sol de primavera. Es un sábado de últimos de Marzo y Pedro asienta sus posaderas en el murete que forma una especie de banco alrededor de la plaza, justo en la esquina de la escalera que desciende hasta el paso de cebra que, atravesando la calle, lleva directamente al macizo y desahuciado caseron del Ayuntamiento viejo. Ahí está bien instalado para contemplar el espectáculo. A su espalda, un espigado cedro -la verdad, un tanto enclenque- se estira todo lo que puede para, en una leve caricia, juntar sus ramas con las de un cerezo japonés que acaba de reventar en una exuberante explosión de color. Pedro está fascinado con ese árbol; bueno, lleva fascinado unos cuantos años. Al principio de cada primavera se produce la floración y es tan espontánea e intensa que parece un milagro. Miles de flores ocultan las ramas como si se tratara de un chal tupido y de un maravilloso color de rosa, suave y violento a la vez. A su lado, una hermosa y gigantesca magnolia., muda y llena de admiración, roza sensualmente al cerezo con el envés herrumbroso de sus grandes y carnosas hojas.

    Sigue ensimismado mirando el árbol. Quiere fijar en su retina esa imagen excepcional que quiere que le dure todo un año porque esta contemplación es efímera. A partir de los tres días las flores se irán apagando y perderán, poco a poco, su plenitud. Una semana más tarde, cualquier viento ligero dejará al cerezo desnudo y desamparado.

    Pedro sale de su abstracción. El no quiere pensar pero, de vez en cuando, un sentimiento de frustración le domina profundamente. Su vocación artística ha terminadó. Ha tenido que cambiar el grosor de sus pinceles para poder vivir. Estaba predestinado a ser un gran pintor expresionista -eso decían los entendidos-. El no se juzgaba encasillado en ese movimiento artístico pero lo cierto es que odiaba el realismo. Estaba enamorado del color, de la luz cambiante. Su pintura instintiva, quería revelar sus sugestiones, buscaba una explosiva sensualidad en sus pinceladas de tal modo, que parecían vibrar en la tela. Pretendía sanar al mundo con el bálsamo de su pintura y lo único que había conseguido era una pomada antihemorroidal, puesto que sus obras se las pasaba la gente por el culo. El potencial mercado de sus cuadros, el grupo de gente que podía pagar los 15 6 20 mil duros de una obra, según él, lo formaban "una cuadrilla de adinerados necios esnobs que no teniendo ni puta idea, pretendían darse tono y sólo admitían pintura realista y, mejor todavía, que contuviera un buen argumento". Llegaron a despreciarle y no se cortaron en poner en duda su honestidad intelectual puesto que según ellos: "eso que hacía era malmeter pintura".

    Durante mucho tiempo fue malvendiendo sus cuadros para ir tirando hasta que arrojó la toalla y se exilió del arte. Ahora se gana bien la vida. Es el oficial mejor preparado (y el mejor pagado) de una flamante empresa de pintura industrial. El jefe le mima y le reserva los trabajos más delicados y los clientes más exigentes. El se deja querer, pero marcando las distancias. Va a cumplir los 40, tiene algún dinero, se ha comprado un pequeño apartamento y él que bebió de los posos del Mayo francés, se ha convertido en un pequeño burgués. Por eso se viene repitiendo a sí mismo - cuando no está para florituras- que "ahora vive de puta madre" y que por nada del mundo volverá  a pintar un cuadro. Bueno, eso cree él ...

    Han transcurrido unos meses desde su frecuente deambular por la plaza luchando con su neurastenia. Le han enviado a una población cercana para terminar y pulir un trabajo que su empresa ha realizado en una espaciosa vivienda propiedad de una joven señora. Es una mujer hermosa, separada recientemente de su marido. Mientras el pintor trabaja, ella gusta de observar el talento y la precisión de sus manos. Han ido cambiando opiniones sobre temas de pintura elementales y más tarde, las conversaciones se han hecho especialmente frecuentes y eruditas. Pedro se dado cuenta de la gran formación cultural que posee Verónica, sobre todo, en temas de arte. Coinciden en una devoción mutua por Gauguín, admiran la opulencia de su cromatismo, el contraste espectacular de sus colores, la pureza y sinceridad de su obra, su rebelión social ...

     -Pedro, jamás en mi vida había visto un rosal tan bello.

    Están los dos disfrutando del magnífico mural que Pedro acaba de pintar en una de las paredes de un gran salón de la casa de Verónica. Es una obra espectacular, de estilo indefinido pero, eso si, alejada completamente de cualquier relación con el naturalismo o con el realismo. El mural es un estallido de color. Sus pinceladas son como pedazos de corazón y de alma estampadas contra la pared. Es el triunfo de la luz, de la armonía, de la sensualidad y, sobre todo, el estallido del rosa que lo invade todo.

     -Pedro, te decía que ese color rosa que domina...
    -Sí, perdona, estaba un poco encantado-.

    Pedro en verdad, estaba recordando como había faltado a su promesa de no volver a mezclarse con el arte. Claro que nunca hubiera imaginado que iba a conocer a una mujer tan excepcional como aquella. Por eso no pudo negarse cuando le pidió que volviera a pintar para ella. ¨0 quizá fue él quién se ofreció para realizar la obra que ahora están contemplando? Ya no está seguro de nada.

    -Verónica, este color que tanto te gusta no lo he creado yo. Es cierto que me sale de dentro,porque esa tonalidad me empapa el alma, pero es la copia exacta del matiz de las flores del árbol más maravilloso del mundo que, además, está en mi pueblo.

    La mujer lo mira tiernamente mientras él se apasiona con la descripción.

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